Pobreza: Material y Espiritual

terremoto en Haití

“Les dijo también una parábola: Nadie corta un pedazo de un vestido nuevo y lo pone en un vestido viejo; pues si lo hace, no solamente rompe el nuevo, sino que el remiendo sacado de él no armoniza con el viejo.  (Lucas 5:36-37).

Si nosotros queremos venir e interpretar la Biblia con el intelecto humano vamos a tergiversar la Palabra de Dios. Pero si venimos a la Palabra de Dios siendo auxiliados por el Espíritu Santo entonces el Espíritu traerá luz, conocimiento y revelación a través de esa Palabra. Hay muchos predicadores académicos, versados y letrados, muy buenos para trazar sus bosquejos, pero es puramente intelecto y hay otros que sin muchas letras pero sí con iluminación y revelación del Espíritu entresacan verdaderas joyas del contenido de las Sagradas Escrituras.

Cuando alguien se sintoniza con el Espíritu de Dios al momento de predicar viene a ser como las bocinas de un aparato de sonido. No son ellas las que originan lo que se escucha, pero sí que lo amplifican para que todos oigan. El predicador no debe hablar de lo suyo propio, sino de lo que viene de parte de Dios. Solamente el Espíritu Santo puede acomodar lo espiritual a lo espiritual e interpretar correctamente las Sagradas Escrituras que llevarán a gozar, a aquel que la crea, de vida eterna.

El terremoto en Haití en enero del 2010 ya casi nadie lo recuerda, pero lo que esta catástrofe reveló fue la miseria humana. Muchos se escandalizaron de la pobreza que la gente del país sufre pero no lograron ver más allá de esta miseria material. Piense: ¿Qué hace el pobre hombre si Dios permite que una catástrofe natural le arrebate su casa? ¿Qué hará el hombre si pierde el origen de su sustento y de subsistencia de sí mismo? ¿Qué haría el hombre si le quitan el trabajo? ¿Si en un accidente pierde los brazos y hasta las piernas? En una situación como esa, creo que la gran mayoría pensaría que hubiese sido mejor morir. Su vida se circunscribiría a lamentos, lloro y angustia extrema. Pero eso sucede porque las personas no tienen a Dios sentado en el trono de su corazón. Al no ser Dios quien gobierna sus vidas vegetan en lo material y físico nada más. Y cuando lo pierden como en este caso, no hayan qué hacer. Su vida parece que se ha terminado y se frustran, se desmoronan, entran en depresión y acarician la idea que morir hubiese sido mejor. Cuando en realidad la muerte no es alternativa, la muerte si el hombre no ha llegado al conocimiento salvador, sería la peor de las opciones que se le pudo haber ocurrido.

A la pobreza material de muchos haitianos se sumó la pobreza en el conocimiento de Dios. Aún enmedio de la catástrofe puede haber esperanza, puede haber paz, puede haber fe. Son valores que van más allá de lo material. Mejor dicho, trascienden lo material. Se derribó la casa, no importa la levantaremos otra vez. Me despidieron del trabajo, Dios tendrá para mí algo mejor, si a su profeta en medio de gran sequía los cuervos lo alimentaron, algún milagro tendrá preparado para mi también. Perdí brazos y piernas en un accidente, pues yo sé que Jehová cumplirá su propósito en mí. Aleluya. Como vemos el problema real del hombre no es su pobreza material, sino su pobreza espiritual. Su falta de conocimiento de Dios, de su Palabra, de sus promesas, de su poder.

El hombre sin una mente renovada es comparado al vestido viejo. Solo puede moverse en la esfera de las cosas naturales, limitada por leyes que la rigen. A este hombre no se le puede poner por remiendo un pedazo de un vestido nuevo. Es como querer trasplantar un riñón a un individuo que no es compatible con el donante. El mismo cuerpo lo rechaza y lo atacará. El hombre natural no puede percibir las cosas de Dios, para él resulta ser locura todo esto de los “cristianos”. Desdeña, ridiculiza, se mofa, ataca. Se siente amenazado. En su pensamiento intelectual no cuadra eso de la “fe”. No las puede entender porque no ha sufrido el cambio metamórfico que le permitirá tener una nueva mente, una nueva visión, una nueva forma de hablar, de conducta y de vida en general.

Pero el hombre espiritual discierne todas las cosas, juzga todas las cosas, se mueve en la esfera de lo sobrenatural, en donde las leyes naturales ya no tienen el poder que antes tenían. Este hombre teniendo antes una mente llena de tinieblas es cambiado. Ahora estará lleno de luz, de la luz de Dios. Ahora se recrea en todo lo puro, todo lo honesto, todo lo que tiene alguna virtud, todo lo de buen nombre. Ahora está en capacidad de poder recibir un remiendo de tela nueva. Porque lo puede soportar y lo necesita. Su vida girará en torno a la voluntad de Dios, echa mano de los poderes del siglo venidero, y goza y disfruta ya de ellos. Su meta no es la riqueza material, su meta es la vida eterna. No pone su mira en las cosas de la tierra, pone su mira en las cosas que a vida eterna pertenecen.

Este grado de sublimación en medio de la más abyecta pobreza es en lo que todo cristiano se goza. Pues no dependemos de las circunstancias materiales, dependemos del poder de Dios.

Si cualquier de los lectores están atravesando una situación difícil en sus vidas, sirva este escrito para que un rayo de luz y esperanza se abra paso a lo más profundo de sus almas y sean fortalecidos por el poder de Dios. Que sean capaces de levantarse y decir con fuerte voz:

“Yo sé que mi redentor vive,

y aún después de deshecha esta mi piel,

yo sé que he de ver a Dios.”

Bendiciones mil.

 

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