Tres Tipos de Pasiones

Todos los seres humanos, absolutamente, experimentamos pasiones. La pasión debe entenderse como el apetito o afición vehemente por algo, el sentimiento intenso que incluso anula nuestra razón y domina nuestra voluntad. A tal punto llegamos a experimentar el amor más profundo y luego, por situaciones muy diversas de la vida, sentir el más intenso odio en contra de la misma persona que en un tiempo amamos. Así está diseñado el ser humano. Así nos comportamos normalmente.

El cristiano no está exento de experimentar pasiones. Las pasiones pueden afectar nuestra condición espiritual, y aún definir nuestro destino eterno. Debemos de conocerlas para evitarlas. La Biblia nos enfoca tipos distintos de pasiones, pero en esta oportunidad quisiera señalarle tres tipos específicos:

Las pasiones juveniles: “Huye también de las pasiones juveniles, y sigue la justicia, la fe, el amor y la paz, con los que de corazón limpio invocan al Señor” (2 Timoteo 2:22). En este rubro podemos enfocar las pasiones eminentemente de rebeldía. El joven tiende a ser rebelde, un rebelde sin causa alguna. Es parte de su condición juvenil. La intención del corazón del hombre según Gn. 8:21 es mala desde su juventud. Otro de los problemas serios que veo en los jóvenes es la tendencia a desear cosas materiales, tener dinero, bienes materiales que lucir ante los demás.  En la Biblia se nos cuenta de un joven que por tener muchos bienes materiales no quiso seguir al Señor Jesús (Mt. 19:19). Este tipo de pasión elimina de la salvación y la posibilidad de una vida eterna. Y en tercera instancia quisiera señalar la pasión meramente carnal sexual, aunque merece mención aparte.

Las pasiones de carácter sexual: Específicamente quisiera entresacar un párrafo que se encuentra ubicado en la carta a los Romanos 1:27 que en su parte conduscente dice: “y de igual modo también los hombres… se encendieron en su lascivia unos con otros…”.  Aquí tenemos que hablar necesariamente de lo altamente nociva que es la lascivia, entendida como la inclinación exagerada y fuerte al deseo del placer sexual; así como de la  lujuria, entendida como el deseo o apetito sexual desenfrenado. La lascivia y la lujuria pueden dominar de tal manera al ser humano que le impulsa incluso a cometer atrocidades, a violar a otro ser humano (incluso a infantes), a buscar la complacencia sexual en seres de su mismo género (lesbianismo y homosexualismo) y en seres de otra especie (bestialismo), en algunos casos  a quitarle la vida a otro ser humano en su búsqueda de placer sexual a toda costa. Esto es una desdicha y una desgracia. ¡Desdichado y desgraciado el ser humano que cae en estas pasiones! Amado lector entienda que Dios no prohibe la complacencia sexual, pero sí la norma. Se habla por ello de la honra del matrimonio y de un lecho sin mancilla (Hebreos 13:4). Guardémonos de pecar contra Dios en esta pasión específica.

Las pasiones de los ojos: Esta se centra en el pasaje de 1 Juan 2:16 que nos dice: “Porque todo lo que hay en el mundo, los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo”. Recordemos que los ojos son las ventanas del alma. Como sea nuestro ojo, en esa condición está nuestro corazón. Si nuestro ojo es bueno, nuestro ser interno irradia luz. Si nuestro ojo es malo, las tinieblas nos absorben. Una mirada furtiva en el entorno en que nos encontramos nos puede meter en graves problemas, pues puede despertar la pasión en nosotros, es decir despertar un deseo vehemente por algo que vemos. Eso le pasó a Eva en el jardín del Edén con lo del fruto prohibido (Gn. 3:6). Eso le pasó a Acab con la viña de Nabot (1 Reyes 21:1-4).  Eso también le pasó a Acán con el manto babilónico, los doscientos ciclos de plata y el lingote de oro (Josué 7:21). Ver, puede resultar en pasión, pasión de los ojos, y puede ser muy traicionero y destructivo. Dios trae a mi mente en este mismo momento mientras escribo: Qué diferente hubiera sido el caso de David si no hubiera visto a Betsabé bañándose, se hubiera evitado el pecado y sus consecuencias. Hermanos amados, que esto nos sea advertencia solemne para cuidar nuestros ojos y lo que ellos ven.

La Palabra del Señor en la carta escrita por el apóstol Pablo a los Gálatas, escribe en el 5:24 que “los que son de Cristo han crucificado la carne con sus pasiones y deseos”. Se nos llama a crucificar la carne para que las pasiones ya no tengan un asidero firme en nosotros, es decir para que ninguna pasión se enseñoree de nosotros. Y la manera de crucificarla es la negación propia. A muchos no les será nada grato el decirles que tienen que negarse a sus deseos, sueños, ideales y aspiraciones personales… pero, piense, si somos de Cristo genuinamente entonces debe cumplirse las palabras de Pablo cuando dijo: “ya no vivo yo, más Cristo vive en mí… Y lo que ahora vivo en carne… lo vivo en la fe del Hijo de Dios el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí!  Aleluyaaaaa!!!  Qué le parece?  Acaso esto no es negación absoluta. Esto es está en consonancia con lo que expresó en su encuentro sobrenatural con Cristo: ¡Señor, qué quieres que yo haga!

DIGÁMOSLO NOSOTROS TAMBIÉN. AMÉN. QUE SIGNIFICA: ASÍ SEA!

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