Cuerpo de Humillación vs. Cuerpo de Gloria

Una de las metas de Dios delineada en la Palabra es la de Filipenses 3:21 cuando dice: “el cual transformará el cuerpo de la humillación nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya, por el poder con el cual puede también sujetar a sí mismo todas las cosas”. Normalmente uno pensará que el cuerpo no le interesa a Dios pues sencillamente volverá al polvo del cual había sido formado, pero este versículo nos arroja una luz distinta. El cuerpo es importante para Dios. Él lo transformará de tal manera que llegue a ser un cuerpo de gloria.

Por el momento nuestro cuerpo está estrechamente vinculado a la tierra, pero llegará el momento cuando esté estrechamente vinculado al cielo. Aleluya. Cómo hará esto el Señor? El versículo nos responde que será solo por su poder. Gloria a Dios. Para nosotros es realmente difícil incluso tratar de imaginarlo pues no conocemos otra cosa más que lo terreno, pues vemos que el sustento de nuestro cuerpo proviene de la tierra. Todo alimento viene de ella y ni cuenta nos hemos dado de eso: toda fruta que comemos, todo vegetal que consumimos, el pan con que nos alimentamos, en suma todo lo que ingerimos y que viene a constituir energía, vitaminas y minerales necesarios para la vida física, viene de la tierra. Por eso es que nos cuesta pensar en una vida que no tenga que ver con lo terreno. Esto en cuanto a la materia de que estamos constituidos. Otra cosa es pensar en los deseos que este cuerpo sugiere. Aquí caemos en la categoría de deseos concupiscentes, muy ligados a nuestra naturaleza caída. Cabe la expresión “cuerpo de humillación”, usada en el versículo citado, pues los deseos carnales en realidad nos llevan a reconocer nuestra humana debilidad.

La concupiscencia debe entenderse como el deseo por pecar que domina al hombre y luego lo esclaviza. Es la propensión a obrar el mal. Notemos y establezcamos la diferencia entre el cuerpo y el deseo concupiscente. Pues el cuerpo aunque es corruptible llegará el momento en que se vestirá de incorruptibilidad, pero la concupiscencia sencillamente ya no tendrá asidero alguno cuando ese cuerpo, a través del cual un día satisfizo su deseo, llegue a ser transformado.

Podemos establecer que el cuerpo no es ni bueno ni malo en sí mismo. Pero hoy en día, sin transformación celeste, se presta para ser vehículo de maldad, como también puede servir como instrumento de justicia (Romanos 6:12-13). Con cada una de nuestras acciones, nosotros decidimos qué uso daremos a nuestro cuerpo. Por eso la Palabra nos insta en 1 Co. 6:20 a “glorificar a Dios… en nuestro cuerpo como en nuestro espíritu, los cuales son de Dios”.

Para que el cuerpo pueda ser transformado a un “cuerpo de gloria” tiene que morir. Hay en este sentido dos tipos de muertes que vale la pena enfocar. Una es la muerte física, la cesación de toda actividad de vida material y la otra es la muerte a los deseos carnales a la cual el Señor nos llama a través de la negación de éstos cuando reconocemos el Señorío de Cristo en nuestras vidas.

Para “matar” la concupiscencia en nuestra carne, tengo que señalar en primer lugar que los reglamentos, normas y exigencias meramente humanas no son suficientes. La misma Palabra en Col. 2:20-23 nos dice: “Si con Cristo ustedes ya han muerto a los principios de este mundo, ¿por qué, como si todavía pertenecieran al mundo, se someten a preceptos tales como: «No tomes en tus manos, no pruebes, no toques»? Estos preceptos, basados en reglas y enseñanzas humanas, se refieren a cosas que van a desaparecer con el uso. Tienen sin duda apariencia de sabiduría, con su afectada piedad, falsa humildad y severo trato del cuerpo, pero de nada sirven frente a los apetitos de la naturaleza pecaminosa”. En otras palabras podríamos decir que los reglamentos humanos no tienen ningún valor contra los apetitos de la carne. Tienen apariencia de sabiduría, tienen apariencia de ser piadosos, de producir santos, pero de nada sirven. Es un esfuerzo humano solamente. Eso no le sirve a Dios.

Pero sí existe una senda a través de la cual podemos lograr hacer morir los deseos carnales que batallan contra el alma. Romanos 8:10 es contundente al decir:  “Pero si Cristo está en ustedes, el cuerpo está muerto a causa del pecado, pero el Espíritu que está en ustedes es vida a causa de la justicia”. La victoria aquí se encuentra en el hecho de que Cristo esté en nosotros. Aleluya. Él es el único que puede establecer la diferencia en que hoy, en vida, nuestros cuerpos sean instrumentos ya no de maldad, sino de justicia. Cristo hace posible que la concupiscencia ya no afecte, con sus deseos, nuestra humanidad. En que sigamos obligados a pecar o ya tengamos la opción a poder negarnos a pecar. Gloria a Dios. De otra manera el hombre sigue esclavo a sus deseos malsanos.

Llegando a este punto debo confrontar a todo lector, qué quieres? Seguir siendo esclavo de tus deseos carnales o ser libre para elegir la victoria sobre toda concupiscencia en Cristo? Es una elección que todos debemos tomar. Este es el día de tu elección. Y la elección que tomes decidirá el futuro eterno de tu ser íntegro: espíritu, alma y también de tu cuerpo. Dios desea transformar el cuerpo de tu humillación terrena, a un cuerpo de gloria, semejante al que ya Cristo tiene. Seguirás atado a lo terreno o serás capaz de tender a anhelar lo celeste? Espero que tu decisión sea la correcta!

Bendiciones.

 

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