Relación entre Cuerpo, Alma y Espíritu

Campos de acción del espíritu, alma y cuerpo

Y que el mismo Dios de paz os santifique por completo; y que todo vuestro ser, espíritu, alma y cuerpo, sea preservado irreprensible para la venida de nuestro Señor Jesucristo.   1 Ts. 5:23

En el desarrollo de este tema enfocaremos la relación existente entre el cuerpo, el alma  y el espíritu dentro del hombre. La Palabra de Dios no divide al hombre en dos partes (enfoque dualista), sino en tres, espíritu, alma y cuerpo tal como nos lo plantea el versículo base.  Reconocer esta diferencia tiene gran importancia para la vida espiritual de un creyente, específicamente en lo que respecta a su madurez y a su servicio. El confundir lo espiritual con lo anímico (del alma) puede provocar que las cosas espirituales, que son las que tienen valor en la obra de Dios, jamás sean tocadas. Es preciso conocer y experimentar la división del alma y el espíritu para poder servir a Dios en el espíritu y ser así de utilidad para Dios (Hebreos 4:12).

Lo primero que Dios creó de las partes constitutivas del ser humano fue su espíritu.  Vemos en Jer. 1:5 que Jehová le dice al profeta que antes que hubiese sido formado en el vientre, antes que naciera, Él ya lo conocía y lo había dado por profeta a las naciones.  Esto nos indica entonces que antes que el cuerpo sea formado ya existe una personalidad espiritual totalmente definida y única de lo que en vida física la persona habrá de ser conocida.  De igual forma encontramos que el Sal. 135:7 nos señala que existen “depósitos de espíritus”  (neumas), allí es donde están los espíritus de todo humano por nacer.

El cuerpo es el cajón que llega a contener la esencia del ser, el espíritu; pero es solo un tabernáculo mientras estamos en la tierra, llega el momento cuando somos despojados de él y nos encontraremos en el estado espiritual original.  El alma es el ego inmaterial del hombre en su relación con las cosas terrenales y físicas de este mundo y el espíritu es el soplo del Altísimo que el hombre recibió y que le convirtió en un ser vivo y capaz de tener comunión con Dios.  Por lo tanto dentro de las tres partes que conforman al ser humano, es el espíritu el único que puede percibir directamente a Dios.  El alma y el cuerpo lo perciben solamente cuando el espíritu ya ha establecido una conexión con Dios.  Por eso es que solo el que ha nacido de nuevo puede adorar a Dios. El hombre común, señalado bíblicamente como pecador e impío no puede, pues su espíritu en ellos está muerto debido a sus delitos y pecados (Ef. 2:1).

Otro detalle que debemos tomar en cuenta es que somos integrales: espíritu (Hb. 12:9), alma (Ez. 18:4 e Isaías 42:5 B. Américas) y cuerpo (Gn. 2:7).  Dentro de los tres, el primero creado, fue el espíritu.  El cuerpo es manufacturado en la tierra  y en teoría, el último en crearse es el alma, que es el producto resultante de la unión del cuerpo con el soplo del Señor Dios.  Al morir, el ciclo del cuerpo se completa, volviendo al polvo del cual fue formado; el espíritu regresa a Dios quien inicialmente lo había dado (Ec. 12:7) y el alma va a la presencia del Señor o al lugar de tormento según sea el caso (Lc. 16:22-23).

Dios trabaja por medio de un sistema de autoridad en todas las cosas.  En la creación, en el trabajo, en la iglesia observamos como Dios estableció autoridades.  En lo que respecta al ser humano, es el espíritu del hombre el que es llamado a gobernar, a tener la autoridad y el dominio sobre todo el ser.  El alma y el cuerpo deben someterse al espíritu (Ro. 7:18-23). Cuando Dios creó al hombre, quiso que su espíritu fuera como un amo, el alma como un mayordomo y el cuerpo como un criado. El amo encarga asuntos al mayordomo, quien a su vez ordena al criado que los lleve a cabo. Sin embargo, con la caída, el alma se erigió en amo, y el espíritu se adormeció. Se rompió la comunión con Dios. Un hombre sin Dios tiene, normalmente, en función sólo el alma y el cuerpo. En cambio, uno que ha nacido de nuevo puede volver al diseño original de Dios: espíritu, alma y cuerpo.  Otra manera de verlo es tipificarlo en la relación de carácter familiar: el espíritu es el varón, el alma la esposa y el cuerpo el hijo.  El hijo siempre obedecerá una orden de su padre o de su madre.

El conflicto hoy en día para nosotros estriba en que mientras vivimos sin Cristo nuestra alma, por tener un espíritu inactivo a las cosas buenas y sí activo a lo malo, aprendió a hacer su voluntad.  Cuando el espíritu nuestro fue vivificado, entonces comienza la tarea de dominar o “meter en cintura” –vocablo chapín-  al alma y al cuerpo, para que todo esté en armonía con el deseo del Espíritu Santo y así podamos agradar a Dios.  Pero el alma es rebelde y no quiere someterse muchas veces.  Por lo tanto se da un “divorcio” entre el alma y el espíritu.  El principio de autoridad se quiebra y entonces se sucede un “matriarcado espiritual”.  El alma toma las riendas y el cuerpo lo obedece.  Allí es donde se da un comportamiento carnal y no espiritual.  Para asegurar la supremacía del espíritu es necesario: Amar a Dios, Ef. 5:25-27; Obedecer a la palabra,  1 P. 1:22; Tener una vida devocional, Col. 3:16 / Jn. 15:3; Dejarnos guiar por el Espíritu Santo, Jn. 16:13.

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